Esto no se diseñó en una sala de juntas
Se diseñó viendo a un mesero anotar el número de un camastro en una servilleta.
Casi todo el software para restaurantes se escribió pensando en un restaurante que está solo en una calle. Es un buen supuesto, porque la mayoría lo están. Pero deja fuera a una parte enorme de la industria: los restaurantes que viven dentro de un hotel, donde la mitad de las decisiones no son de restaurante sino de hospedaje.
Inn Restaurant nació al revés. Primero existió la operación hotelera completa: reservas, recepción, folios, cuentas de empresa, cobranza y reportería contable. El punto de venta se construyó adentro, sobre esa base, como una parte más de la misma operación. Por eso el cargo a la habitación no es una integración: es simplemente cómo funciona.
Esa diferencia de origen explica todo lo demás. Explica por qué el impuesto se reparte entre folios, por qué el consumo consume la línea de crédito de la empresa, por qué cada punto de consumo cuadra su propio cajón y por qué la lista de habitaciones solo muestra a los huéspedes que de verdad están adentro. Ninguna de esas cosas se le ocurre a alguien que empezó por la pantalla del mesero.
En qué creemos
La mejor integración es la que no existe.
Cada peso con autor, hora y motivo. Nada se borra.
Ni por usuario, ni por terminal, ni por porcentaje de tus ventas.
Exportables siempre, sin penalización.
Una promesa incumplida cuesta más que una función faltante.
Primer lugar mundial en el programa de turismo rural de ONU Turismo. Caso de estudio en IE University, Madrid. Operación real en doce países.
Tu restaurante ya vende bien. Falta que el sistema lo sepa.
Quince minutos, con tu carta y tus mesas. Sin instalar nada.